
El trauma infantil por los sismos se mitiga con respaldo pediátrico y familiar
El manejo de la estabilidad emocional y física de la población infantil tras un evento sísmico requiere la atención conjunta del núcleo familiar y el personal médico. En situaciones de contingencia, las reacciones de los niños varían según su nivel de desarrollo cognitivo, manifestándose a través de cambios conductuales o malestares corporales que deben abordarse con serenidad y pautas estructuradas.
La respuesta de los adultos resulta determinante para la autorregulación de los menores en momentos de alta tensión. El doctor William Pérez explica el impacto emocional y la influencia del entorno durante este tipo de acontecimientos:
"En los niños pequeños de 0 a 5 años, perciben el estrés a través de los sentidos y de la conducta de sus cuidadores. Los niños regulan sus emociones observando a sus referentes; si los adultos mantienen la calma o logran gestionarla, el niño procesará el evento con menor nivel de amenaza".
Abordaje emocional y señales de alerta
Durante los días posteriores al sismo, los niños entre 6 y 11 años pueden manifestar preocupación recurrente, irritabilidad y dolores abdominales o de cabeza sin causa orgánica aparente. Para mitigar estos síntomas, los especialistas aconsejan restaurar las rutinas diarias de alimentación, juego y descanso, además de limitar la sobreexposición a noticias o videos alarmistas que incrementen la ansiedad.
Ante la persistencia de los síntomas, el doctor Pérez detalla los criterios clínicos para buscar atención especializada:
“Es esperable observar cambios de conducta durante las primeras dos semanas. Sin embargo, se recomienda consultar con un pediatra o psicólogo infantil si persisten por más de un mes terrores nocturnos constantes, conductas regresivas prolongadas, somatizaciones recurrentes o aislamiento social extremo".
Evaluación clínica y manejo de episodios de pánico
En el área de consulta, el examen pediátrico integral permite descartar patologías asociadas y evaluar el estado afectivo del paciente. Durante las evaluaciones se indaga sobre la calidad del sueño, la respuesta ante ruidos fuertes y el contexto en que el niño vivió el evento sísmico, ofreciendo herramientas de orientación y acompañamiento a los padres.
Asimismo, la población infantil y juvenil puede experimentar episodios de pánico que se expresan mediante palpitaciones, opresión torácica, llanto o conductas de huida. El especialista destaca las pautas de intervención frente a estas manifestaciones:
“El adulto debe mantener la calma mediante la corregulación, hablando en un tono suave y firme. Se deben usar técnicas de anclaje sensorial, modelar la respiración y validar la vivencia con frases como ‘sé que sientes que te cuesta respirar y te asusta, pero tu cuerpo está a salvo y esto va a pasar’”.
El trabajo coordinado entre la familia y el equipo de pediatría fundamenta la recuperación integral de los niños tras una emergencia.
